domingo, 12 de junio de 2016

Prefacio de una extinción

Nuestra casa es ese país donde cada chiste despierta una furia nueva, una de esas que aún están por nombrar. También donde la broma pierde sentido y gana mal gusto.

El problema rompe cuando un asunto que tan solo aspira a rescatar sonrisas suspiradas, muecas jocosas, acaba enardeciendo al -que parecía- más inocente entre la multitud.
Así, los jóvenes con cabezas de ideales habrían esperado ver las calles llenas de gritos ante la injusticia, lo inapropiado o quizás en defensa de esos pequeños colectivos.
Pero no.
La bofetada continúa -solo acaba de empezar-, es el desdén con el que el ser humano trata a su hermano de especie, a toda la carne de su carne con la que no comparte sangre.
Destruirnos, ridiculizarnos, dejar de querernos, a nosotros y a nuestro mundo.

Cuando la vida deja de importar, cuando no existe respeto por nada ni por nadie. Cuando se mata, y más aún cuando ni siquiera el primero en levantar el arma sabe por qué estalló la guerra.
Cuando todo esto último pasa, la gente duerme.
No hay gritos en la calle.
No hay quejas.
No nos alcanzan los llantos de un bebé cuya familia apenas tiene con qué alimentarlo.
No oímos porque hemos olvidado cómo se escuchaba.
Me han pintado de acero el corazón y he llegado a creer que las desgracias ajenas no me pertenecen.
Casi no me he dado cuenta de que en mi propio país hay hambre, frío y miedo. Casi no era consciente de que no tengo que irme a la otra punta del mundo para visitar escenarios en los que se hayan violado los derechos humanos.
Hace unos 50 años posiblemente corría la sangre de mis antepasados por estas calles, o quizás ellos derramaban la sangre de los tuyos.
España no ha estado en guerra, ni siquiera lo ha estado el mundo. Somos nosotros. En guerra con vivir.

Nada más nacer,
el primer humano,
todos decidimos exterminarnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario