jueves, 31 de marzo de 2016

Hace unas noches de insomnio, soñé despierta.
Pensé en las palabras "te quiero". Qué gracioso, qué bonito y que paradójico. Diría gracioso pues provocan sonrisas o, si me apuras, risas. Bonito pues siempre va acompañado de algo tierno o romántico. Paradójico porque todo aquello que decimos con amor suele estar dirigido a la otra persona. Véase: "Duerme bien", "Disfruta del viaje". Son oraciones de imperativo, pretendemos obligar a alguien a algo, les brindamos un deseo positivo. En cambio te quiero implica una primera persona del singular, una entidad que dé forma a un sentimiento. Un corazón que lata por esas letras.
Es de esas pocas veces que al "desear" algo bueno al prójimo, estamos siendo tan egoístas como para dejar que nuestra acción lo domine todo. Yo quiero. Y lo mejor no es solo que esa acción sea propia sino que el objeto de nuestro querer recae en una persona, en ese tú al que dirigimos nuestras palabras de papel.
T e  q u i e r o
Me resulta gracioso. Básicamente me divierte porque haces tuya a la otra persona. La haces participe de un verbo que tan solo es tuyo. Decides que querer no tiene sentido si no es a esa persona. "Quererte"
Qué bonito suena en todas sus variantes. El resultado es siempre el mismo, fácil de analizar por la sintaxis: un sujeto loco de amor, dominado por un núcleo que corre desbocado hacia su objetivo directo.