lunes, 6 de octubre de 2014

Me gusta la música porque me recuerda a mi. Me recuerda a cuando era más yo de lo que nunca he sido, cuando el valor de una melodía me importaba más que todo el oro del mundo. 
Qué completa me llegué a sentir y que vacía me quedé después.
Lo peor de esta sensación es que iba completamente ligada a ti. Eramos una sola persona.  Recordarme a mi implica hacer lo mismo contigo. Implica ver grabada a fuego en mi memoria,  tu sonrisa de pura felicidad al entregarte totalmente a la música. Es sentir tus ganas de besarme y mis ganas de calmar las tuyas.
Era lo más cerca que nunca estaré del amor. Éramos lo que yo siempre consideraré perfecto,  lo que nos hacía falta. Éramos todo y pronto fuimos nada.

Lo recuerdo con pena porque,  como ya os he dicho, fue el momento más puro de nuestras vidas, no porque no tuviera que acabar. En realidad no sé si tenía que hacerlo, pero a veces las cosas acaban y no se puede hacer nada. Más de una vez he pensado en cómo habría sido todo de otra manera. La verdad es que no me importaría sufrir una eternidad por volver a sentirme así, a sentirnos así. O quizás si, no lo sé.  Pienso demasiado y demasiado poco me sirve.

Una de mis piezas favoritas era nuestro pequeño baile de sonrisas interrumpidas, el dulce vals de dientes que recorría nuestas mejillas.

Espero que algún día sepáis de lo que os hablo. Que os conozcáis a vosotros mismos, magníficos,  en plenitud y todo gracias a alguien y a algo. Algo especial que os pertenezca, y que por muchos muchos muchos años que pasen, por mucho que os desprendais de ello; siga viviendo en vosotros.

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