lunes, 25 de agosto de 2014

Ella era de esas chicas a las que no les importa llevar el pelo revuelto, de esas a las que les cuesta levantarse con el primer timbre del despertador cada mañana y sí, también de esas que ríen con la boca muy muy abierta, ignorando quién podría estar observándolas.
Ella era una delicia para la vista, no porque fuera de las chicas más preciosas del planeta. Ni siquiera porque tuviera el mejor cuerpo. Simplemente era el conjunto. Su gracia al hablar o al moverse, su peculiar forma de sorber el café sin resultar grosera...
Lo mejor era que ella ignoraba el efecto que causaba en todo aquel que tenía el placer de conocerla.

Sonreía cuando alguien le regalaba los oídos con elaborados cumplidos, pero nunca creía en la total sinceridad de estos. Ella decía que los mejores pensamientos siempre habían de quedarse en eso tan solo, que siempre permanecerían en la mente de aquel que les daba vida, y que las buenas palabras existían porque la gente tendía a ser agradable y educada por naturaleza. Y créanme, no lo decía con acritud, ella aseguraba que estaba bien así.

Ella era toda una mujer y al mismo tiempo aún era una chiquilla. Casi siempre hablaba de todo lo que quería hacer en su vida y de que siendo realistas no haría ni la mitad de aquello. Pero tranquilos, cuando decía esto no se ponía triste ni nada, de hecho le solía hacer gracia. A veces hasta te recordaba al típico profesor excéntrico (que todos hemos tenido), que habla de la vida como si supiera más de ella que todos aquellos que la vivimos. Y lo mejor es que aunque hiciera eso, nunca te llegaba a resultar pedante ni condescendiente. Nunca, nunca.
La razón es simple, todo lo que salía de su rosada boca eran verdades universales, pero solo lo eran para ella. Jamás te obligaba a aceptar sus opiniones, y jamás discutía con nadie. Podrías negar que su vestido de lunares era de lunares y ella no te diría nada, tan solo respetaría lo que dices, mostraría su desacuerdo de manera educada y esperaría a que la conversación tomase otro rumbo de manera natural.
Yo solo la vi discutir una vez, y dios, les puedo jurar que fue la discusión más pacifica que podrían haber visto.
Quizás habría gente que diría que ella no era fiel a si misma o que no tenía carácter para poder plantar cara. Pero no era así.

A veces también podía ser muy insegura. Cogía cariño muy rápido y después le costaba conocer sus propios sentimientos. Tenía miedo de engañarse a si misma. Decía que si amaba a alguien no quería dudar de ello o auto-convencerse de lo contrario. Era muy gracioso verla decir eso, parecía que estaba enfadada por su manera de fruncir el ceño, pero luego te dabas cuenta de que resultaba cómico.

La llegué a conocer tanto que daba miedo, aunque yo nunca le dije absolutamente todo lo que me gustaba de ella, yo sabía que ella prefería que mis pensamientos se quedaran dentro de mi cabeza. Pero ella también me conocía, así que muchas veces no era necesario que dijésemos nada.

Nunca conocí a nadie que no dibujase una sombra de dulzura en el rostro al pronunciar su nombre, o al hablar de ella. Era un efecto que causaba en casi todo el mundo. Y sí, seguramente le caería mal a alguien, pero qué quieren que les diga, me da pena pensar que hubo gente que la conoció y no disfrutó de su compañía, pobres imbéciles.

Ella era tan guapa que dolía, y bueno sé que no es así, pero a mi me lo parecía. Ella era todo lo que me gustaba. Era cosas que no sabía que me gustaban o que, por ejemplo, no me gustaban en otras personas, pero en ella sí.

Les puedo jurar que ella fue el gran amor de mi vida.

2 comentarios:

  1. Escribes genial Paula, ojala todo el mundo tenga la suerte de leer todas estas "mini_historias" porque de verdad que merecela pena parar la rutina para ddisfrutar de estas lecturas. Un beso

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    1. Siento contestar tan tarde, pero lo acabo de ver. Muchisimas pero que muchisimas gracias (seas quién seas), me alegra leer comentarios así. Un beso.

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