miércoles, 29 de enero de 2014

Habíamos quedado en nuestra cafetería favorita, y como de costumbre llegaba tarde.
A veces pienso que le gusta hacerme esperar, o que solo quiere darme alguna pequeña razón para que pueda echarle la bronca sin tener que inventarme ningún tipo de excusa.
La verdad es que me encanta discutir con él, ¿por qué? Pues no lo sé muy bien. Quizás porque entre sus risitas y sus comentarios absurdos se me hace completamente imposible.

Pido dos capuchinos mientras le espero. Aunque posiblemente me sirvan antes de que él llegue.
Yves, el camarero, un francés casi sexagenario, asiente mientras hace un garabato en su libreta de cuadritos rojos. Es un hombre encantador. Bueno, mucho más que eso.


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Paseaba por el parque cuando llegué a un diminuto estanque. Ahí estaba un hombre mayor, agachado junto a la que debía de ser su nieta, consolándola.
Yo estaba a punto de pasar de largo de la escena, cuándo el hombre me llamó.

-Disculpe señorita, ¿podría acercarse un momento? Si no es molestia claro.

Yo hice lo propio y me apresure a acercarme a aquella extraña parejita. Me acuclillé junto a ellos y sonriendo a la pequeña pregunté qué podía hacer por ellos.
A lo que el anciano contestó:

-Mire usted, hemos tenido un pequeño problema. Mi nieta Colette, se ha caído al suelo mientras jugaba, dice que le duele mucho el tobillo y que no se puede mover. Claro que como podrá imaginarse a mi edad no es nada fácil llevar en volandas a la pequeña. Por lo que...si no le supone un problema, ¿podría ayudarme a llevarla hasta la cafetería de mi esposa?
-¡Claro!

Me arrimé a la niña y me presenté, ella sonrío levemente y se agarró a mi cuello.
Comenzamos a caminar en silencio, cuando de pronto este se vio interrumpido por un cálido soplo de aire:

-La verdad, es que usted me ha inspirado confianza. Han pasado tres personas antes que usted, pero cuando la he visto he sabido que era la indicada.

Me sonrojo y agarro a la niña con fuerza, su respiración cada vez es más lenta y tranquila, creo que se esta durmiendo.

-Oh, vaya. No sé que decir.

-No tiene por qué decir nada, tan solo es la impresión que usted me ha dado. Yo me guío mucho por eso, hay personas que transmiten algo, personas como usted. Claro que uno no siempre puede acertar dejándose llevar por un instinto, pero cuándo aciertas...oh, suele ser gente maravillosa.

Qué hombre más curioso, pensé. Me gustaba su forma de pensar, pero al mismo tiempo se me hacía un poco incomodo y extraño.

-¡Ay! Qué maleducado soy, ni siquiera me he presentado. Me llamo Yves.



Al rato llegamos a la cafetería, me pareció un lugar precioso y muy acogedor. La esposa de Yves, era una mujer regordeta y sonriente. Ambos me agradecieron de buena gana el haber transportado a Colette hasta allí y me invitaron a un café y un bollo que fui incapaz de rechazar. Estuve un rato charlando con los ancianos, ya que el bistro no estaba muy concurrido a esas horas. Después de un par de horas de una buena merienda con una mejor compañía, me marché, prometiéndoles volver la semana siguiente.


Ir allí cada semana poco a poco se fue convirtiendo en parte de mi rutina. Salía de trabajar, iba a casa a coger algún libro que mereciera la pena y acudía a  mi  cafetería.
Casi siempre acababa hablando de libros con Yves y escuchando sus magníficas frases. Las mejores charlas eran aquellas en las que Yves podía hablar horas y horas de su esposa sin perder ese brillo de amor en los ojos.

-Envejecer merece la pena cuándo puedes compartirlo con alguien. Es cómo el dinero o el éxito. El día que la conocí supe que quería envejecer a su lado. Ni siquiera pensé en conquistarla, o en casarme con ella, solo creí que si yo la necesitaba tanto, ella también me necesitaría a mi.

Escuchar sus pequeños monólogos se había convertido en mi particular afición. Ese hombre desprendía tantos sentimientos.


Un día, yo estaba sumergida en uno de mis libros, Cumbres borrascosas, al tiempo que tomaba un té verde, cuándo un chico entró en la cafetería. Yves se asomó desde la cocina para mirarle. Sonrió para si y volvió a ocultarse.
El chico se sentó en la mesa más cercana a la ventana. Se quitó su gorrito de lana y saco un libro de su cartera. Me miró y aparte rápidamente la mirada.
Era guapísimo. Tenía un poco de barbita y vestía maravillosamente bien.
Parecía que esperaba algo.
De pronto se levantó y se sentó frente a mi.

-Hola, sé que esto te parecerá raro, pero Yves me ha hablado de ti.

No pude reprimir la sorpresa y lancé una mirada hacía la puerta de la cocina.

-Bueno, no me ha hablado de ti en sí. Solo me ha dicho que tenía que conocerte,y que viniera hoy si quería hacerlo.

Bajo la mirada y cogió aire.

-Me ha costado decidirme, pero la verdad es que me fió de Yves. Y no sé si tu lo sabrás pero él siempre dice que hay veces que hay que fiarse de...

-La primera impresión.

Ambos sonreímos.

-Sabía que sonreirías así.

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Entra por la puerta. Cómo de costumbre corriendo y sofocado.

-¿Llego muy tarde?

Pongo los ojos en blanco y hago un mohín.

-¿Tú que crees?
-Que me quieres demasiado.
-Idiota.
-Eh, aún no nos han traído los capuchinos.

Se acerca y me besa dulcemente hasta que mi boca se torna en una sonrisa.




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