lunes, 6 de octubre de 2014

Me gusta la música porque me recuerda a mi. Me recuerda a cuando era más yo de lo que nunca he sido, cuando el valor de una melodía me importaba más que todo el oro del mundo. 
Qué completa me llegué a sentir y que vacía me quedé después.
Lo peor de esta sensación es que iba completamente ligada a ti. Eramos una sola persona.  Recordarme a mi implica hacer lo mismo contigo. Implica ver grabada a fuego en mi memoria,  tu sonrisa de pura felicidad al entregarte totalmente a la música. Es sentir tus ganas de besarme y mis ganas de calmar las tuyas.
Era lo más cerca que nunca estaré del amor. Éramos lo que yo siempre consideraré perfecto,  lo que nos hacía falta. Éramos todo y pronto fuimos nada.

Lo recuerdo con pena porque,  como ya os he dicho, fue el momento más puro de nuestras vidas, no porque no tuviera que acabar. En realidad no sé si tenía que hacerlo, pero a veces las cosas acaban y no se puede hacer nada. Más de una vez he pensado en cómo habría sido todo de otra manera. La verdad es que no me importaría sufrir una eternidad por volver a sentirme así, a sentirnos así. O quizás si, no lo sé.  Pienso demasiado y demasiado poco me sirve.

Una de mis piezas favoritas era nuestro pequeño baile de sonrisas interrumpidas, el dulce vals de dientes que recorría nuestas mejillas.

Espero que algún día sepáis de lo que os hablo. Que os conozcáis a vosotros mismos, magníficos,  en plenitud y todo gracias a alguien y a algo. Algo especial que os pertenezca, y que por muchos muchos muchos años que pasen, por mucho que os desprendais de ello; siga viviendo en vosotros.

lunes, 25 de agosto de 2014

Ella era de esas chicas a las que no les importa llevar el pelo revuelto, de esas a las que les cuesta levantarse con el primer timbre del despertador cada mañana y sí, también de esas que ríen con la boca muy muy abierta, ignorando quién podría estar observándolas.
Ella era una delicia para la vista, no porque fuera de las chicas más preciosas del planeta. Ni siquiera porque tuviera el mejor cuerpo. Simplemente era el conjunto. Su gracia al hablar o al moverse, su peculiar forma de sorber el café sin resultar grosera...
Lo mejor era que ella ignoraba el efecto que causaba en todo aquel que tenía el placer de conocerla.

Sonreía cuando alguien le regalaba los oídos con elaborados cumplidos, pero nunca creía en la total sinceridad de estos. Ella decía que los mejores pensamientos siempre habían de quedarse en eso tan solo, que siempre permanecerían en la mente de aquel que les daba vida, y que las buenas palabras existían porque la gente tendía a ser agradable y educada por naturaleza. Y créanme, no lo decía con acritud, ella aseguraba que estaba bien así.

Ella era toda una mujer y al mismo tiempo aún era una chiquilla. Casi siempre hablaba de todo lo que quería hacer en su vida y de que siendo realistas no haría ni la mitad de aquello. Pero tranquilos, cuando decía esto no se ponía triste ni nada, de hecho le solía hacer gracia. A veces hasta te recordaba al típico profesor excéntrico (que todos hemos tenido), que habla de la vida como si supiera más de ella que todos aquellos que la vivimos. Y lo mejor es que aunque hiciera eso, nunca te llegaba a resultar pedante ni condescendiente. Nunca, nunca.
La razón es simple, todo lo que salía de su rosada boca eran verdades universales, pero solo lo eran para ella. Jamás te obligaba a aceptar sus opiniones, y jamás discutía con nadie. Podrías negar que su vestido de lunares era de lunares y ella no te diría nada, tan solo respetaría lo que dices, mostraría su desacuerdo de manera educada y esperaría a que la conversación tomase otro rumbo de manera natural.
Yo solo la vi discutir una vez, y dios, les puedo jurar que fue la discusión más pacifica que podrían haber visto.
Quizás habría gente que diría que ella no era fiel a si misma o que no tenía carácter para poder plantar cara. Pero no era así.

A veces también podía ser muy insegura. Cogía cariño muy rápido y después le costaba conocer sus propios sentimientos. Tenía miedo de engañarse a si misma. Decía que si amaba a alguien no quería dudar de ello o auto-convencerse de lo contrario. Era muy gracioso verla decir eso, parecía que estaba enfadada por su manera de fruncir el ceño, pero luego te dabas cuenta de que resultaba cómico.

La llegué a conocer tanto que daba miedo, aunque yo nunca le dije absolutamente todo lo que me gustaba de ella, yo sabía que ella prefería que mis pensamientos se quedaran dentro de mi cabeza. Pero ella también me conocía, así que muchas veces no era necesario que dijésemos nada.

Nunca conocí a nadie que no dibujase una sombra de dulzura en el rostro al pronunciar su nombre, o al hablar de ella. Era un efecto que causaba en casi todo el mundo. Y sí, seguramente le caería mal a alguien, pero qué quieren que les diga, me da pena pensar que hubo gente que la conoció y no disfrutó de su compañía, pobres imbéciles.

Ella era tan guapa que dolía, y bueno sé que no es así, pero a mi me lo parecía. Ella era todo lo que me gustaba. Era cosas que no sabía que me gustaban o que, por ejemplo, no me gustaban en otras personas, pero en ella sí.

Les puedo jurar que ella fue el gran amor de mi vida.

miércoles, 29 de enero de 2014

Habíamos quedado en nuestra cafetería favorita, y como de costumbre llegaba tarde.
A veces pienso que le gusta hacerme esperar, o que solo quiere darme alguna pequeña razón para que pueda echarle la bronca sin tener que inventarme ningún tipo de excusa.
La verdad es que me encanta discutir con él, ¿por qué? Pues no lo sé muy bien. Quizás porque entre sus risitas y sus comentarios absurdos se me hace completamente imposible.

Pido dos capuchinos mientras le espero. Aunque posiblemente me sirvan antes de que él llegue.
Yves, el camarero, un francés casi sexagenario, asiente mientras hace un garabato en su libreta de cuadritos rojos. Es un hombre encantador. Bueno, mucho más que eso.


.................................

Paseaba por el parque cuando llegué a un diminuto estanque. Ahí estaba un hombre mayor, agachado junto a la que debía de ser su nieta, consolándola.
Yo estaba a punto de pasar de largo de la escena, cuándo el hombre me llamó.

-Disculpe señorita, ¿podría acercarse un momento? Si no es molestia claro.

Yo hice lo propio y me apresure a acercarme a aquella extraña parejita. Me acuclillé junto a ellos y sonriendo a la pequeña pregunté qué podía hacer por ellos.
A lo que el anciano contestó:

-Mire usted, hemos tenido un pequeño problema. Mi nieta Colette, se ha caído al suelo mientras jugaba, dice que le duele mucho el tobillo y que no se puede mover. Claro que como podrá imaginarse a mi edad no es nada fácil llevar en volandas a la pequeña. Por lo que...si no le supone un problema, ¿podría ayudarme a llevarla hasta la cafetería de mi esposa?
-¡Claro!

Me arrimé a la niña y me presenté, ella sonrío levemente y se agarró a mi cuello.
Comenzamos a caminar en silencio, cuando de pronto este se vio interrumpido por un cálido soplo de aire:

-La verdad, es que usted me ha inspirado confianza. Han pasado tres personas antes que usted, pero cuando la he visto he sabido que era la indicada.

Me sonrojo y agarro a la niña con fuerza, su respiración cada vez es más lenta y tranquila, creo que se esta durmiendo.

-Oh, vaya. No sé que decir.

-No tiene por qué decir nada, tan solo es la impresión que usted me ha dado. Yo me guío mucho por eso, hay personas que transmiten algo, personas como usted. Claro que uno no siempre puede acertar dejándose llevar por un instinto, pero cuándo aciertas...oh, suele ser gente maravillosa.

Qué hombre más curioso, pensé. Me gustaba su forma de pensar, pero al mismo tiempo se me hacía un poco incomodo y extraño.

-¡Ay! Qué maleducado soy, ni siquiera me he presentado. Me llamo Yves.



Al rato llegamos a la cafetería, me pareció un lugar precioso y muy acogedor. La esposa de Yves, era una mujer regordeta y sonriente. Ambos me agradecieron de buena gana el haber transportado a Colette hasta allí y me invitaron a un café y un bollo que fui incapaz de rechazar. Estuve un rato charlando con los ancianos, ya que el bistro no estaba muy concurrido a esas horas. Después de un par de horas de una buena merienda con una mejor compañía, me marché, prometiéndoles volver la semana siguiente.


Ir allí cada semana poco a poco se fue convirtiendo en parte de mi rutina. Salía de trabajar, iba a casa a coger algún libro que mereciera la pena y acudía a  mi  cafetería.
Casi siempre acababa hablando de libros con Yves y escuchando sus magníficas frases. Las mejores charlas eran aquellas en las que Yves podía hablar horas y horas de su esposa sin perder ese brillo de amor en los ojos.

-Envejecer merece la pena cuándo puedes compartirlo con alguien. Es cómo el dinero o el éxito. El día que la conocí supe que quería envejecer a su lado. Ni siquiera pensé en conquistarla, o en casarme con ella, solo creí que si yo la necesitaba tanto, ella también me necesitaría a mi.

Escuchar sus pequeños monólogos se había convertido en mi particular afición. Ese hombre desprendía tantos sentimientos.


Un día, yo estaba sumergida en uno de mis libros, Cumbres borrascosas, al tiempo que tomaba un té verde, cuándo un chico entró en la cafetería. Yves se asomó desde la cocina para mirarle. Sonrió para si y volvió a ocultarse.
El chico se sentó en la mesa más cercana a la ventana. Se quitó su gorrito de lana y saco un libro de su cartera. Me miró y aparte rápidamente la mirada.
Era guapísimo. Tenía un poco de barbita y vestía maravillosamente bien.
Parecía que esperaba algo.
De pronto se levantó y se sentó frente a mi.

-Hola, sé que esto te parecerá raro, pero Yves me ha hablado de ti.

No pude reprimir la sorpresa y lancé una mirada hacía la puerta de la cocina.

-Bueno, no me ha hablado de ti en sí. Solo me ha dicho que tenía que conocerte,y que viniera hoy si quería hacerlo.

Bajo la mirada y cogió aire.

-Me ha costado decidirme, pero la verdad es que me fió de Yves. Y no sé si tu lo sabrás pero él siempre dice que hay veces que hay que fiarse de...

-La primera impresión.

Ambos sonreímos.

-Sabía que sonreirías así.

................................

Entra por la puerta. Cómo de costumbre corriendo y sofocado.

-¿Llego muy tarde?

Pongo los ojos en blanco y hago un mohín.

-¿Tú que crees?
-Que me quieres demasiado.
-Idiota.
-Eh, aún no nos han traído los capuchinos.

Se acerca y me besa dulcemente hasta que mi boca se torna en una sonrisa.