domingo, 1 de septiembre de 2013

Lo llaman el mejor amigo de cualquier hombre. O borracho. El aliado de las penas y amarguras. Tú serías más correcta y lo llamarías vodka. Yo te diría que fueses más original. Y sonreíriamos.
Pero ahora no, ahora bebo un vodka doble con lima y mucho hielo. O un remedio para el olvido. Como siempre yo tan inspirado, queriendo decorar con bonitas palabras la cruda realidad. Esa realidad en la que me dejaste. Una realidad en la que te fuiste sin dejar huella física, cómo si ni hubieras estado, pero dejando un vacío abismal en mi interior.

Que mal me siento, bueno, siendo sinceros, no me siento mal, me sientas mal.
 En especial no tenerte.
Nunca pensé que echaría de menos discutir contigo, verte cabreada y sin ganas de nada. Verte aburrida. O llorando con los ojos hinchados y la cara rojisima, intentando desatar el nudo de tu garganta.
Son pequeños detalles, de esos que no crees que tengan importancia, de esos que preferirías que no atormentasen tus días. Hasta que los pierdes y te parecen recuerdos preciosos, dignos de ser guardados en una caja fuerte, con el fin de que nada ni nadie pudiese echarlos a perder.

Me termino el vaso en dos tragos y disfruto del quemazón que baja por mi garganta. Al fin, me levanto de mi asiento en la barra y busco la salida. Siento que me ahogo aquí dentro. Un par de chicas me miran, como si tuviesen ganas de algo que yo parezco haber olvidado.
Consigo llegar a la puerta entre algún que otro empujón y alguna nueva sustancia viscosa en la suela de mis viejas deportivas Lacoste.

'Te quiero'.

Esto de beber no es bueno. No, no. Ahora que me ha venido a la mente tu voz y esas dos palabras que me cambiaron la vida me prometo no volver a beber. Qué iluso puedo llegar a ser, esta promesa no durará más que medio día echándote de menos, repasando en mi cabeza lo difícil que es todo sin ti.
Si te digo la verdad, aún me pregunto cómo pudiste llegar a quererme. No soy fácil de querer y nunca te lo puse fácil. Otras veces, me pregunto si dijiste que me querías por mera compasión, o porque en el fondo querías quererme. Pero también recuerdo cómo me mirabas, cómo reías mis bromas sin gracia, y cómo me acariciabas los nudillos cuando estaba harto de todo. Quizás tuvimos un bonito romance, un amor correspondido, quizás podríamos seguir juntos. Pero no es así.

Recorro la calle, infestada de jóvenes, de gente riendo, llorando, vomitando. De gente que se quiere, de gente que no es capaz de olvidar y de gente descalza, bailando como si la noche fuese joven y ellos tan solo estrellas que decoran su cielo. Me alejo de todo y de todos, al paseo marítimo. Quiero sentir la arena bajo las yemas de mis pies, quiero que el dobladillo de mis vaqueros se quede adornado con la húmeda marca del mar. Veo una pareja a unos metros, ella lleva la chaqueta de él sobre los hombros y sonríe cabizbaja. Él habla sin parar mirando el cielo. No se miran, no se rozan si quiera, pero saben que ahí están, el uno junto al otro. Hubo un tiempo en el que yo odiaba ese tipo de relación, bueno, yo odiaba el concepto de relación en sí. Y ahora creo que lo vuelvo a odiar, o más bien le tengo miedo, y que conste que no es por ti, o bueno si. Mi problema es que no quiero ser feliz con nadie que no seas tú.

Me tumbo en la arena, noto como se amolda a mi cuerpo, rodeándome y llenando mis huecos.

Recuerdo aquel día, podría haber sido como cualquier otro, pero al levantarte lo supiste, supiste que yo no era el hombre con el que querías despertar toda tu vida, supiste que yo no era la persona 'adecuada' para ti. Me querías, o eso quiero creer. Pero no de la manera en la que debías quererme, por lo menos ya no. Yo no te quise entender, no quise pensar que encontrarías a otro, no quise razonar y no quise aprender a perderte, a decirte adiós. Por eso cuándo entendí que no ibas a volver yo tan solo era un gilipollas con el ego demasiado inflado cómo para reconocer públicamente que le habían dejado.

-Hola.

Abro los ojos de pronto. Una pequeña silueta se cierne sobre mi. Apenas veo, tengo que esperar a que mis ojos se acostumbren a la escasa luz, así que solo hago un leve movimiento con la cabeza. La persona se sienta a mi lado sin esperar una invitación.

-¿Sabes? La luna solo se refleja así en el mar en contadas ocasiones.-Tiene una voz fuerte, determinada y enérgica.- A veces pienso que solo lo hace en los días que merece la pena. Es decir, cuándo algo importante va a pasar.

La chica que está a mi lado tiene el pelo corto, casi rapado por los lados, lo que hace que su flequillo oscuro cobre protagonismo. La miro extrañado. No sé de dónde ha salido y tampoco logro pensar con claridad, tengo la cabeza embotellada. Dichoso vodka. Ella me mira y se ríe. Tiene una risa extraña, algo histérica, una risa preciosa sin lugar a duda.

-¡Deja de mirarme así! No te voy a hacer nada machote.-Me golpea el hombro con suavidad.- Llevo un rato mirándote, pareces solo.
-Eso es porque estoy solo.

Ladea la cabeza, gesto que me recuerda muchísimo a ti. La diferencia es que tu cara es distinta, es dulce, angelical. Y la de esta joven es dura, angulosa, pero igualmente bonita.

-No me refiero a esa soledad. Me refiero a tu interior.-Se coloca la mano en el pecho y presiona.- Pareces solo. Pero solo de verdad, de sentirte vacío, de no querer ver nada más allá de tus penas. De no querer ver a las personas.
-No me conoces.
-Lo sé, por eso he venido.-Suspira, vuelve a sonreír.-Porque a veces cuando ni nosotros mismos queremos saber de nuestra existencia, necesitamos que quieran conocernos.

Y por primera vez en la noche y en mucho tiempo me siento despejado. Me siento libre de esa presión que se había acomodado en mi pecho. Miro a esa extraña que acaricia la arena a mi lado, y veo a una chica guapa y con carácter, una chica con mejores cosas que hacer que consolar a un borracho en la playa.
Y bueno, por fin, me siento libre. Libre de ti.

domingo, 19 de mayo de 2013

Llueve.
Mi casa esta vacía, terriblemente vacía desde que ya no estás en ella. Aunque quizás tu estancia aquí solo fue producto de mi imaginación. Quizás lo único que me acompañaba era la necesidad de tenerte. En ese caso, se podría decir que he pasado página, que ya no necesito tus brazos o tu aliento en mi nuca. Pero...¿qué clase de ilusa sería si me creyese mis propias palabras?
Toc, toc.
Llaman a la puerta. Me pongo una gigantesca sudadera y me arrastro hasta la entrada. No tengo ganas de visita y muchísimo menos, ganas de arreglarme.
Toc, toc.
-¡Ya voy!- Grito sin mucho entusiasmo.
Abro la puerta y me quedo quieta. Muy muy quieta. Y siento cómo si un soplo de aire frío hubiese invadido mi casa. Ahí estás tú, con la mochila echada al hombro y un gorrito de lana. No sonríes, pero tus ojos ya lo hacen por ti. Pasan un par de minutos y ninguno decimos nada, solo somos ojos. Miradas que se estudian, que intentan entender cómo después de tanto tiempo estamos tan cerca, que tratan de saber sí estamos soñando o sí realmente podríamos tocarnos cono solo estirar el brazo.
Y por fin ese delicado silencio, acaba. Coges aire y puedo inspirar tu aroma gracias a ese leve movimiento.
-Hola.
Me cuesta reaccionar, es como si tu voz me desarmase.
-Pasa, pasa.
Me hago a un lado para dejarte pasar. El pasillo es estrecho e inevitablemente me rozas con tu brazo. Mi piel se eriza bajo la tela de la sudadera.
Llegamos al salón, donde dejas tus cosas y te acomodas en el sofá. Estoy hecha un manojo de nervios, quiero decirte tantas cosas...pero las palabras se me atascan en la garganta y lo único que espero es que me abraces y me mezas suavemente, susurrándome al oído que nunca me volverás a dejar sola.
-¿Quieres tomar algo?-Pregunto sin mirarte directamente.
-No, gracias. Estoy bien.
Silencio otra vez. Al poco, te incorporas y te plantas junto a mi. Sin darme tiempo a reaccionar y consiguiendo que el corazón se me desboque. Cosa que solo tú sabes hacer. Estás tan cerca...
-¿No vas a preguntarme por qué he vuelto?
-No, no es asunto mío.
Alzas las cejas, a modo de sorpresa, y se te escapa una pequeña risita al tiempo que meneas la cabeza.
-¿De qué te ríes?
-De nada. Es que no has cambiado en absoluto.-Haces una pausa y me miras con ternura.- No sabes lo mucho que  te he echado de menos
Mi corazón se encoje. Tengo la necesidad de pellizcarme, para asegurarme de que eres real, de que tus palabras son ciertas. Creo que voy a llorar. Te quiero tanto.
-Ey, pequeña.
Alargas tus brazos hasta rodearme y tiras de mi hacía ti. Me acaricias el pelo con dulzura y me besas la frente. Yo me deshago en lágrimas. Esto es demasiado hasta para mi. Recorres mi mandíbula con el índice y llegas hasta mis labios, dónde te detienes. Entre abres los tuyos y te acercas muy despacio, cómo si tuvieras miedo de que me aparte. Tu sabor me invade y tus labios se apoderan de los míos. Nuestros cuerpos se amoldan con rapidez, y aunque tan solo sea por un momento, todo vuelve a ser como antes. La única novedad es ese amargo y salado sabor que recorre mis mejillas hasta morir en tu boca.