martes, 20 de noviembre de 2012


Mi móvil comienza a vibrar. Llamada entrante, Marina.                                           
Dudo un segundo, debería cogerla y decirle que se acabó o colgarla y darle a entender lo evidente. Descuelgo.

-Hola.
-¿Lucas? Suerte que me coges. No creía que lo hicieras, después de lo de ayer…                                   
-Olvídate de eso, no pasa nada. Creo que nos merecemos un final feliz, no lo estropees. 
-Pero...
-Joder Marina, no seas pesada.

Silencio.
Mientras la escucho ahogar sus sollozos, llevo la mano que tengo libre al bolsillo trasero de mi vaquero, buscando mi paquete Marlboro.

-Lucas...-la voz se le quiebra, pero espero a que termine de hablar-¿Podemos quedar para hablar?

La voz le tiembla. Y antes de que pueda decirle que 'no', vuelve a hablar.

-Será solo un momento, para dejar las cosas claras.
-Ya esta todo hablado y lo sabes.
-Por favor...

Enciendo un cigarrillo. Aspiro y noto como el humo llena mis pulmones, ese amargo sabor a nicotina me invade. 

-Está bien. En cinco minutos estoy en tu portal.

Cuelgo antes de que responda.

Cinco minutos después

La calle esta desierta, quizás porque hace demasiado frío para estar en noviembre. No hay nadie en toda la manzana, a excepción de ella, que está de pie junto a su portal. Lleva un abrigo corto y marrón, el pelo en una coleta alta, las mejillas rojas y los ojos brillantes. Me ha visto, aparco la moto a unos metros y camino hacía ella. Según me acerco me pregunto porque he accedido a venir a verla, no sé que hago aquí, solo sé que el dolor y el frío la hacen ser más guapa.

-Hola.
-Hola.

El ambiente se tensa, ninguno se acerca demasiado al otro. Como si fuésemos contagiosos.

-¿Quieres pasar?-Hace un ademán con la cabeza, señalando el interior del portal.

En ese momento los recuerdos y los sentimientos, me pueden. Allí fue donde la besé por primera vez, donde encontré su mayor secreto tras su tanga favorito, donde prometí quererla siempre.

-No.

En otras circunstancias me hubiese dignado a justificarme diciendo que por lo menos en la calle podría fumar, pero no tengo ganas, ni fuerzas.
Andamos hasta el banco más cercano, envueltos en un incómodo silencio que tantas veces habíamos llenado con besos. Sé que ella busca mis ojos pero yo no soy capaz de entregárselos. 
Me siento y me enciendo otro cigarro. Generalmente, Marina me decía que fumar era malo, que no lo hiciera. Pero esta vez no lo hace.

-Lucas...yo...

Ahí vuelvo a pensar que no tenía que haber ido, pero ya es demasiado tarde para irse.
La miro y pienso en todos esos días a su lado, en sus manos, en su pelo infinito. Pienso en sus dientes perfectos, en su risa torcida, en su espalda arqueada, en su piel tersa, en sus braguitas de algodón. Y pienso que la tengo enfrente, a escasos metros de mí, pero más lejos que nunca. Veo como le tiembla el labio inferior, delatando sus nervios. Coge aire y continua.

-Sé que no me puedes perdonar, sé que lo he hecho mal y sé que esto no tiene solución. Sé que me he pasado, que dentro de mi error he elegido a la peor persona para cometerlo, sé que tampoco vas a poder perdonárselo a él, aquel al que llamabas mejor amigo. Pero solo quiero pedirte perdón, porque no te mereces sufrir ya que tú nunca me has hecho sufrir. Y aunque te sea imposible de creer, siempre te he querido.

Marina rompe a llorar, me dan ganas de abrazarla, de estrecharla entre mis brazos y susurrarle un: 'No pasa nada, estoy aquí'. Pero no puedo.
Tengo ganas de llorar y no pienso hacerlo delante de ella, así que me levanto y comienzo a alejarme. Camino despacio. Una mano me agarra el hombro, su mano, y aunque entre mi piel y la suya hay tres o cuatro capas, mi cuerpo entero se eriza.

-Quizás esto no hubiese pasado si me hubieses querido tanto como yo te quiero a ti.

Al decirlo me arrepiento, pero una vez más ya es demasiado tarde. Ella me suelta y se dirige a su portal, inundada por las lágrimas. 
'Adiós' susurro y me alejo de aquel portal donde vivimos tantas primeras veces.