domingo, 28 de octubre de 2012

Un fuerte portazo y eché a correr. Quería alejarme de todo y de todos, estaba harta de sus voces, sus críticas y sus ojos clavados en mí. Yo no buscaba que nadie me entendiera y todos pretendían hacerlo, sin éxito. El pasado se aferraba a mi, sin querer dejarme marchar. Clavándose en lo más profundo de mi ser. Para cuando me quise dar cuenta mis piernas me habían llevado a un pequeño parque, la densidad de los arboles hacía que el lugar fuese mucho más oscuro y triste. Seguí paseando hasta llegar a un pequeño lago y me senté en la orilla, protegiéndome del frío en mi sudadera de los Yankees. Y de pronto me abrumaron los recuerdos, el último lugar en el que te vi también estaba junto a un lago. Porque aún recuerdo esa tarde con total claridad. Tú llevabas una camisa medio desabrochada y unos vaqueros cortos; yo, mi vestido azul marino. Estábamos tumbados sobre la hierba, riendo entre besos furtivos. Solo nuestras bocas hambrientas con ganas de comer y de ser comidas. Nuestras manos, libres, las tuyas enredadas en mi pelo, las mías explorando tu espalda. En esos momentos yo era feliz, entre tus brazos, por estar a tu lado, por saber que era infinitamente tuya. Y de pronto, no muy alejado de nosotros, oímos gritar a un niño. El pequeño mantenía una intensa lucha por sacar su cabeza a la superficie. Yo me incorporé asustada, te miré suplicante y sugerí llamar a emergencias. Tú negaste con la cabeza, te despojaste de la ropa con extrema rapidez y te lanzaste al agua. Vi como te alejabas, semi-desnudo, me incorporé, aferrando el móvil con fuerza. No me dio tiempo a pensar, ni siquiera en el peligro de lo que estabas haciendo, tampoco pensé que esa sería la ultima vez que vería tus ojos, tu sonrisa, la última vez que olería tu dulce aroma. Llamé a emergencias, pero como tú me habías dado a entender, llegaron muy tarde. Ese lago no solo se tragó a un niño inocente, sino que también se llevo con él al amor de mi vida.

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