sábado, 29 de septiembre de 2012


 Cinco de la madrugada. La calle desierta y unos cuantos grados de menos. La noche ha estado bien, quizás demasiado, y quizás por eso he perdido de vista a todos mis amigos. Así que estoy sentado frente a una parada, esperando un autobús, un taxi o algún medio de transporte que me acerqué a casa. Pasa el tiempo y lo único que consigo es incrementar el frío en mi cuerpo. Empiezo a preocuparme, no tengo batería en el móvil. Además mi padre, como de costumbre, se levantará en media hora y cómo no me vea en casa puedo darme por muerto. Algún camión empieza a pasar por la zona en la que me encuentro. Me planteo si empezar a caminar hacia mi barrio, pero aunque el alcohol ya haya dejado de hacerme efecto, las piernas apenas me responden. Creo que estoy empezando a dormirme, no sé si por el frío que me está atacando el sistema nervioso por completo o simplemente por mi cansancio. Cuando creo que voy a caer en un profundo sueño un coche se detiene frente a mí. Al principio me cuesta reaccionar y no sé quiénes son los personajes que están haciendo sonar el claxon frente a mí. Me froto la cara con las manos heladas y vuelvo a mirar hacia el ruido.
-¡Tío! ¿Quieres subir al coche de una puta vez?- Uno de mis mejores amigos está gritando desde el asiento del conductor.
De repente salgo de mi ensoñación y de un salto me deslizo hasta uno de los asientos traseros. Allí me encuentro con dos chicas que no conozco de nada, ni siquiera me hace falta preguntar, sé que sí aún no se las han tirado habrá sido por una causa de fuerza mayor. El coche arranca a trompicones, seguramente sea de segunda mano. No hay calefacción así que me acurruco en mi asiento buscando un poco de calor. Mis amigos comienzan una animada conversación en la que pierdo el hilo de inmediato, tengo muchísimo sueño y por alguna razón que desconozco ellos no. Supongo que llevarán una buena encima. Una de las chicas apoya la cabeza en mi hombro, está borracha, drogada y dios sabe qué más. Tirada sobre mí se la ve muy frágil, parece una especie de Barbie con un vestido excesivamente corto y unos tacones demasiado altos. De pronto me mira, entre mareada y suplicante. Alcanzo una bolsita algo sucia, que anteriormente podía haber contenido maría, de debajo del asiento delantero. Llego justo a tiempo, ya que la chica comienza a echar sus tripas en ese trozo de plástico. El copiloto comienza a gritar diciendo que la haga parar o yo que sé qué, acto seguido conecta la radio y la chica deja de vomitar. Las cosas empiezan a relajarse, estamos en carretera con el amanecer cubriéndonos. Ahora el único sonido que llena el  frío aire de ese coche es la canción que suena por un cutre reproductor portátil, '11 de marzo' de La Oreja de Van Gogh. Creo que voy a volver a dormirme cuándo un camión se nos cruza. No da tiempo a mucho, ni si quiera a pensar o a reaccionar.
Lo último que recuerdo...es que ya no tenía frío.

lunes, 10 de septiembre de 2012



Manchada. Manchada de dolor para ser exactos. Con el corazón roto y los labios untados en chocolate caliente. Me miraba con esos grandes ojos almendrados tan suyos esperando apoyo, sujetando ese vaso de papel con su nombre y las manos temblorosas por el frío de enero.
-Es que ya no sé qué hacer. De verdad, cada vez la cago más.
Dejó caer las palabras con amargura, al borde de las lágrimas. Y he de decir que verla así me mataba por dentro. Ella, que me alegraba todas las mañanas, que siempre había estado a mi lado, que con verla mi corazón latía más fuerte; ella, que es lo que más he querido. Pero lo que realmente me jodía era no poder hacer nada, ser solo su gran amigo y nunca el chico que la estrechaba en sus brazos.
-Ey, no. Ni se te ocurra decir eso. Eres increíble y tú no tienes la culpa de que algún imbécil no sepa valorarlo.
Quería rodearla con mi brazo y traerla hacía mi en ese banco de la Plaza Mayor, pero me mantuve distante, aunque solo lo estrictamente necesario. Le acaricié la mano, que ya no rodeaba su dulce chocolate y se sentía tan desamparada como ella. Estaba fría y desprotegida, así que se la apreté con fuerza y la guié hasta la gran fuente que se alzaba frente a nosotros.
-¿Recuerdas cuando apenas llegábamos al muro que rodea la fuente?
Y por primera vez en la tarde sonrió. Fue una sonrisa fugaz y excesivamente breve, pero tan preciosa como ella. Una sonrisa que me hizo recordar todos mis momentos a su lado o toda una vida, lo que es igual en este caso. Tenía miedo de continuar, miedo de cómo reaccionaría esa frágil chica cuando mis futuras palabras inundasen el silencio en el que nos encontrábamos. Trague saliva y me aventuré al vacío.
-Y supongo que también recordarás la última vez que estuvimos aquí. En el partido de la Roja.-La miré de reojo y pude contemplar como ella me escuchaba atenta, asintiendo, al mismo tiempo que sus ondas cobrizas le rozaban los pómulos haciéndole cosquillas.-La gente gritaba, por altavoces o al viento, pero todos estábamos dando saltos de alegría, ¿verdad? Y no sé si recordarás que en medio de esa euforia te dije algo al oído, pero el alcohol que llevábamos en nuestro interior y el alboroto que nos rodeaba no te permitió oírlo. Me miraste con curiosidad gritando '¿qué?', pero mi excitación y atrevimiento habían decidido abandonarme y no fui capaz de repetírtelo. Un instante después nos unimos al gentío y disfrutamos del resto de la noche con nuestros amigos. Y bueno no tengo muy claro porque, pero hoy he decidido que quería volver a decirte lo que aquella noche solo me atreví a susurrar. - Me miraba inundada de curiosidad, con la nariz fruncida como siempre que algo no le encajaba.- Te quiero pequeña, te quiero muchísimo.
Ahora sí que tenía miedo de mirarla, porque la conocía muy bien y con solo ver sus ojos sabría lo que ella sentía. Me quede bloqueado, temiendo lo peor. De pronto ella me soltó la mano y ahí sentí que me ahogaba. Se acercó al bordillo y de un saltito subió al murete que frenaba el agua desbordante de la fuente. Se colocó frente a mí, logrando, desde las alturas, que por una vez ella fuese la que mirase desde arriba.
-Llevaba mucho tiempo esperando oír eso.
Y tras inclinarse sobre mí, nos besamos. Un beso con ganas, sabor a invierno y una pizca de chocolate.

miércoles, 5 de septiembre de 2012


Una fiesta, una estúpida e inoportuna canción y nosotros. Bueno quizás debería empezar por el principio, pero eso me llevaría demasiado tiempo, porque vivimos mucho, quizás más de lo necesario. Demasiados momentos secretos, demasiados susurros que han perdido sentido día a día, demasiada dosis de ti. Bueno ahí estaba yo, era una noche fría, pero por suerte la pasamos en un antro caliente. El humo flotaba en el ambiente y a cada paso que daba algún borracho se tambaleaba. Me acerqué a la barra, a pedir algo fuerte, para acercar mi alma al infierno dos pasos de más. Y entonces comenzó a sonar una canción, de esas que significan más de lo que crees, de las que van envueltas en un paquete de recuerdos. Sin quererlo te busqué a mí alrededor, pero como de sobra sabía, no estabas.
-¿Un mal día?
Preguntó un chico joven, guapo y excesivamente seguro de sí mismo. Sonreía, con aire burlón, derrochando carisma y dejando ver sus quizás 'factibles' trucos para ligar. El problema es que yo no estaba de humor como para seguirle el juego. Así que negué la cabeza, recogí mi vaso helado y me aleje dejando atrás a ese joven que poco tardaría en reemplazarme por otra chica, esta quizás más ingenua y a la vez más fácil de llevar a la cama. Decidí salir fuera, a respirar un poco aire fresco. El gorila de la entrada se hizo a un lado, no sin antes revisarme de los pies a la cabeza tras esas gafas tintadas, con las que desde mi punto de vista mucho no podría ver dada la oscuridad de la noche. Sinceramente odio a ese tipo de hombres babosos, pero quizás por suerte o por desgracia había llegado un momento en el que mi orgullo feminista me había abandonado. Las luces de neón inundaban la calle, contaminación lumínica o el encanto de las masas, me es indiferente. Me apoyé en un muro de la discoteca mientras observaba mí alrededor. Varios coches pasaron a cien por hora, en su interior; jóvenes gritando, chutados de todo menos de adrenalina. La verdad es que la noche no había cambiado, igual la que había cambiado era yo, que ya no me divertían las mismas cosas, que una fiesta con música a tope y alcohol no me consolaba. Y de pronto vi tu coche, o lo que es peor, a ti en su interior. Pasaste despacio, bajando la velocidad del vehículo según te acercabas. Por un momento los nervios me invadieron, como si volviese a mis años de alocada adolescente que suspiraba por ti. Y he de reconocer que me ilusionó pensar como detenías lentamente tu coche junto a mí, invitándome a subir, comportándote como ese caballero que nunca fuiste. Pasaste de largo, sin mirarme ni percatarte de mi existencia y aparcaste  frente a un local un poco más sofisticado. Y para mi sorpresa ibas acompañado, aunque quizás he de decir que tampoco me sorprendió mucho, pero quería creer que no habías levantado cabeza después de mí. Por si no era suficiente vi como la joven salía del coche, medidas perfectas y unos taconazos que me impedían averiguar cuál sería su verdadera altura, y también pude observar como la agarrabas de la cintura y como la dirigías a las puertas del local en el que me encontraba apoyada. Quise huir, pero no lo hice, como suelen decir cada momento y cada decisión te cambia la vida, y por si a mí no me la habías cambiado lo suficiente, decidí enfrentarme una vez más al destino, o mejor dicho, a nuestro destino.

Por favor, ámame.


Tú me dijiste que solo me pedirías una cosa más. Me dijiste que sería algo sencillo, que después de eso todo saldría rodado. Ilusa de mí que te creí. En esos momentos te quería tanto como tú a mí. Y la propuesta que me hiciste me parecía terriblemente fácil, me dijiste que te amase y que nuca dejase de hacerlo. En ese momento no sabía a qué me comprometía. El amor ciega y yo lo pude comprobar. Porque yo te pedí lo mismo, pero tú rompiste la promesa, mientras que yo, que soy demasiado honesta, nunca pude hacerlo.