sábado, 22 de diciembre de 2012

Me dirijo a la cocina, en busca de unos buenos tazones de chocolate, algo que ya es tradición para nosotros la tarde antes de Nochebuena. Alcanzo el tazón de Hello Kitty para la peque y uno con renos para mi príncipe. Pongo a calentar el chocolate mientras miro por la ventana. Hace frío y posiblemente está helando, pero como de costumbre no nieva. Y al pensar en esto sonrío.
Recuerdo la última vez que vi nevar aquí, hace seis años, una Nochebuena como hoy.
Acababa de llegar a casa, y las luces del árbol alumbraban hasta el recibidor. Me arrastré hasta mi cuarto con intención de ponerme cómoda y preparar algo de cena. Según mis cálculos él debería llegar dentro de una hora, así que si me daba prisa quizás le podría preparar su plato preferido. Si aún así me quedaba sin tiempo, siempre podría darle un poco del que también era el postre de sus sueños, llamado 'yo'. Al abrir la puerta de nuestro dormitorio me quedé sin habla. Ahí estaba él, con dos copas de champange y una sonrisa de oreja a oreja. Lo único que se me escapo fue un gritito de emoción, acto seguido me lancé a sus brazos. Después de varios besos con sabor a alcohol, me agarro de la mano y me llevo a nuestro acogedor salón. Una mesa adornada de velas presidía la habitación, y sin olvidarnos de ese precioso abeto artificial que le daba el toque navideño a la casa. Yo no podía parar de susurrar 'gracias' y que decir de mi embobada sonrisa. Nos sentamos en la mesa y saboreamos la comida y nuestros labios como si fuese la última noche de la tierra. De pronto, en medio de una broma tonta, él se levanto emocionado y me hizo asomarme a la ventana, estaba nevando. Me sugirió abrir la ventana y le grité que no, que si pretendía que cogiésemos un resfriado. Él río y me dijo que tenía algo para mi. '¿Aún más?' pregunté yo, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo. Me señaló una bola del árbol y me obligó a cogerla. Yo obedecí y al hacerlo noté como algo sonaba en su interior. La abrí con cuidado y en su interior me encontré un reluciente anillo. Y la verdad es que recuerdo sus próximas palabras con total claridad, 'Está nevando, es Nochebuena, tenemos una casa llena de velas y el anillo que tienes en tus manos lleva un pequeño diamante. Y bien, ¿quieres casarte conmigo?'. Mi respuesta fue un 'te amo' al mismo tiempo que lo besaba hasta asfixiarlo.

De pronto un lazo rosa me saca de mi ensoñación.
-¿Mami, ya está mi chocolate?
La pequeña sonríe risueña hasta que su hermano entra corriendo.
-Si cariño, ahora mismo está listo.
-Muchas gracias mamá.
El pequeño empieza a dar vueltas a nuestro alrededor, incordiando a su hermanita, hasta que de pronto, como quién no quiere la cosa, se detiene y me mira con esos ojazos verdes que tanto me gustan.
-¡Mira mamá, está nevando!
Me giro y sonrío.
-Jorge, avisa a papi. Tiene que ver esto.

Para mi hermana, Paula. Te he leído el futuro princesa.

martes, 20 de noviembre de 2012


Mi móvil comienza a vibrar. Llamada entrante, Marina.                                           
Dudo un segundo, debería cogerla y decirle que se acabó o colgarla y darle a entender lo evidente. Descuelgo.

-Hola.
-¿Lucas? Suerte que me coges. No creía que lo hicieras, después de lo de ayer…                                   
-Olvídate de eso, no pasa nada. Creo que nos merecemos un final feliz, no lo estropees. 
-Pero...
-Joder Marina, no seas pesada.

Silencio.
Mientras la escucho ahogar sus sollozos, llevo la mano que tengo libre al bolsillo trasero de mi vaquero, buscando mi paquete Marlboro.

-Lucas...-la voz se le quiebra, pero espero a que termine de hablar-¿Podemos quedar para hablar?

La voz le tiembla. Y antes de que pueda decirle que 'no', vuelve a hablar.

-Será solo un momento, para dejar las cosas claras.
-Ya esta todo hablado y lo sabes.
-Por favor...

Enciendo un cigarrillo. Aspiro y noto como el humo llena mis pulmones, ese amargo sabor a nicotina me invade. 

-Está bien. En cinco minutos estoy en tu portal.

Cuelgo antes de que responda.

Cinco minutos después

La calle esta desierta, quizás porque hace demasiado frío para estar en noviembre. No hay nadie en toda la manzana, a excepción de ella, que está de pie junto a su portal. Lleva un abrigo corto y marrón, el pelo en una coleta alta, las mejillas rojas y los ojos brillantes. Me ha visto, aparco la moto a unos metros y camino hacía ella. Según me acerco me pregunto porque he accedido a venir a verla, no sé que hago aquí, solo sé que el dolor y el frío la hacen ser más guapa.

-Hola.
-Hola.

El ambiente se tensa, ninguno se acerca demasiado al otro. Como si fuésemos contagiosos.

-¿Quieres pasar?-Hace un ademán con la cabeza, señalando el interior del portal.

En ese momento los recuerdos y los sentimientos, me pueden. Allí fue donde la besé por primera vez, donde encontré su mayor secreto tras su tanga favorito, donde prometí quererla siempre.

-No.

En otras circunstancias me hubiese dignado a justificarme diciendo que por lo menos en la calle podría fumar, pero no tengo ganas, ni fuerzas.
Andamos hasta el banco más cercano, envueltos en un incómodo silencio que tantas veces habíamos llenado con besos. Sé que ella busca mis ojos pero yo no soy capaz de entregárselos. 
Me siento y me enciendo otro cigarro. Generalmente, Marina me decía que fumar era malo, que no lo hiciera. Pero esta vez no lo hace.

-Lucas...yo...

Ahí vuelvo a pensar que no tenía que haber ido, pero ya es demasiado tarde para irse.
La miro y pienso en todos esos días a su lado, en sus manos, en su pelo infinito. Pienso en sus dientes perfectos, en su risa torcida, en su espalda arqueada, en su piel tersa, en sus braguitas de algodón. Y pienso que la tengo enfrente, a escasos metros de mí, pero más lejos que nunca. Veo como le tiembla el labio inferior, delatando sus nervios. Coge aire y continua.

-Sé que no me puedes perdonar, sé que lo he hecho mal y sé que esto no tiene solución. Sé que me he pasado, que dentro de mi error he elegido a la peor persona para cometerlo, sé que tampoco vas a poder perdonárselo a él, aquel al que llamabas mejor amigo. Pero solo quiero pedirte perdón, porque no te mereces sufrir ya que tú nunca me has hecho sufrir. Y aunque te sea imposible de creer, siempre te he querido.

Marina rompe a llorar, me dan ganas de abrazarla, de estrecharla entre mis brazos y susurrarle un: 'No pasa nada, estoy aquí'. Pero no puedo.
Tengo ganas de llorar y no pienso hacerlo delante de ella, así que me levanto y comienzo a alejarme. Camino despacio. Una mano me agarra el hombro, su mano, y aunque entre mi piel y la suya hay tres o cuatro capas, mi cuerpo entero se eriza.

-Quizás esto no hubiese pasado si me hubieses querido tanto como yo te quiero a ti.

Al decirlo me arrepiento, pero una vez más ya es demasiado tarde. Ella me suelta y se dirige a su portal, inundada por las lágrimas. 
'Adiós' susurro y me alejo de aquel portal donde vivimos tantas primeras veces.

domingo, 28 de octubre de 2012

Un fuerte portazo y eché a correr. Quería alejarme de todo y de todos, estaba harta de sus voces, sus críticas y sus ojos clavados en mí. Yo no buscaba que nadie me entendiera y todos pretendían hacerlo, sin éxito. El pasado se aferraba a mi, sin querer dejarme marchar. Clavándose en lo más profundo de mi ser. Para cuando me quise dar cuenta mis piernas me habían llevado a un pequeño parque, la densidad de los arboles hacía que el lugar fuese mucho más oscuro y triste. Seguí paseando hasta llegar a un pequeño lago y me senté en la orilla, protegiéndome del frío en mi sudadera de los Yankees. Y de pronto me abrumaron los recuerdos, el último lugar en el que te vi también estaba junto a un lago. Porque aún recuerdo esa tarde con total claridad. Tú llevabas una camisa medio desabrochada y unos vaqueros cortos; yo, mi vestido azul marino. Estábamos tumbados sobre la hierba, riendo entre besos furtivos. Solo nuestras bocas hambrientas con ganas de comer y de ser comidas. Nuestras manos, libres, las tuyas enredadas en mi pelo, las mías explorando tu espalda. En esos momentos yo era feliz, entre tus brazos, por estar a tu lado, por saber que era infinitamente tuya. Y de pronto, no muy alejado de nosotros, oímos gritar a un niño. El pequeño mantenía una intensa lucha por sacar su cabeza a la superficie. Yo me incorporé asustada, te miré suplicante y sugerí llamar a emergencias. Tú negaste con la cabeza, te despojaste de la ropa con extrema rapidez y te lanzaste al agua. Vi como te alejabas, semi-desnudo, me incorporé, aferrando el móvil con fuerza. No me dio tiempo a pensar, ni siquiera en el peligro de lo que estabas haciendo, tampoco pensé que esa sería la ultima vez que vería tus ojos, tu sonrisa, la última vez que olería tu dulce aroma. Llamé a emergencias, pero como tú me habías dado a entender, llegaron muy tarde. Ese lago no solo se tragó a un niño inocente, sino que también se llevo con él al amor de mi vida.

sábado, 29 de septiembre de 2012


 Cinco de la madrugada. La calle desierta y unos cuantos grados de menos. La noche ha estado bien, quizás demasiado, y quizás por eso he perdido de vista a todos mis amigos. Así que estoy sentado frente a una parada, esperando un autobús, un taxi o algún medio de transporte que me acerqué a casa. Pasa el tiempo y lo único que consigo es incrementar el frío en mi cuerpo. Empiezo a preocuparme, no tengo batería en el móvil. Además mi padre, como de costumbre, se levantará en media hora y cómo no me vea en casa puedo darme por muerto. Algún camión empieza a pasar por la zona en la que me encuentro. Me planteo si empezar a caminar hacia mi barrio, pero aunque el alcohol ya haya dejado de hacerme efecto, las piernas apenas me responden. Creo que estoy empezando a dormirme, no sé si por el frío que me está atacando el sistema nervioso por completo o simplemente por mi cansancio. Cuando creo que voy a caer en un profundo sueño un coche se detiene frente a mí. Al principio me cuesta reaccionar y no sé quiénes son los personajes que están haciendo sonar el claxon frente a mí. Me froto la cara con las manos heladas y vuelvo a mirar hacia el ruido.
-¡Tío! ¿Quieres subir al coche de una puta vez?- Uno de mis mejores amigos está gritando desde el asiento del conductor.
De repente salgo de mi ensoñación y de un salto me deslizo hasta uno de los asientos traseros. Allí me encuentro con dos chicas que no conozco de nada, ni siquiera me hace falta preguntar, sé que sí aún no se las han tirado habrá sido por una causa de fuerza mayor. El coche arranca a trompicones, seguramente sea de segunda mano. No hay calefacción así que me acurruco en mi asiento buscando un poco de calor. Mis amigos comienzan una animada conversación en la que pierdo el hilo de inmediato, tengo muchísimo sueño y por alguna razón que desconozco ellos no. Supongo que llevarán una buena encima. Una de las chicas apoya la cabeza en mi hombro, está borracha, drogada y dios sabe qué más. Tirada sobre mí se la ve muy frágil, parece una especie de Barbie con un vestido excesivamente corto y unos tacones demasiado altos. De pronto me mira, entre mareada y suplicante. Alcanzo una bolsita algo sucia, que anteriormente podía haber contenido maría, de debajo del asiento delantero. Llego justo a tiempo, ya que la chica comienza a echar sus tripas en ese trozo de plástico. El copiloto comienza a gritar diciendo que la haga parar o yo que sé qué, acto seguido conecta la radio y la chica deja de vomitar. Las cosas empiezan a relajarse, estamos en carretera con el amanecer cubriéndonos. Ahora el único sonido que llena el  frío aire de ese coche es la canción que suena por un cutre reproductor portátil, '11 de marzo' de La Oreja de Van Gogh. Creo que voy a volver a dormirme cuándo un camión se nos cruza. No da tiempo a mucho, ni si quiera a pensar o a reaccionar.
Lo último que recuerdo...es que ya no tenía frío.

lunes, 10 de septiembre de 2012



Manchada. Manchada de dolor para ser exactos. Con el corazón roto y los labios untados en chocolate caliente. Me miraba con esos grandes ojos almendrados tan suyos esperando apoyo, sujetando ese vaso de papel con su nombre y las manos temblorosas por el frío de enero.
-Es que ya no sé qué hacer. De verdad, cada vez la cago más.
Dejó caer las palabras con amargura, al borde de las lágrimas. Y he de decir que verla así me mataba por dentro. Ella, que me alegraba todas las mañanas, que siempre había estado a mi lado, que con verla mi corazón latía más fuerte; ella, que es lo que más he querido. Pero lo que realmente me jodía era no poder hacer nada, ser solo su gran amigo y nunca el chico que la estrechaba en sus brazos.
-Ey, no. Ni se te ocurra decir eso. Eres increíble y tú no tienes la culpa de que algún imbécil no sepa valorarlo.
Quería rodearla con mi brazo y traerla hacía mi en ese banco de la Plaza Mayor, pero me mantuve distante, aunque solo lo estrictamente necesario. Le acaricié la mano, que ya no rodeaba su dulce chocolate y se sentía tan desamparada como ella. Estaba fría y desprotegida, así que se la apreté con fuerza y la guié hasta la gran fuente que se alzaba frente a nosotros.
-¿Recuerdas cuando apenas llegábamos al muro que rodea la fuente?
Y por primera vez en la tarde sonrió. Fue una sonrisa fugaz y excesivamente breve, pero tan preciosa como ella. Una sonrisa que me hizo recordar todos mis momentos a su lado o toda una vida, lo que es igual en este caso. Tenía miedo de continuar, miedo de cómo reaccionaría esa frágil chica cuando mis futuras palabras inundasen el silencio en el que nos encontrábamos. Trague saliva y me aventuré al vacío.
-Y supongo que también recordarás la última vez que estuvimos aquí. En el partido de la Roja.-La miré de reojo y pude contemplar como ella me escuchaba atenta, asintiendo, al mismo tiempo que sus ondas cobrizas le rozaban los pómulos haciéndole cosquillas.-La gente gritaba, por altavoces o al viento, pero todos estábamos dando saltos de alegría, ¿verdad? Y no sé si recordarás que en medio de esa euforia te dije algo al oído, pero el alcohol que llevábamos en nuestro interior y el alboroto que nos rodeaba no te permitió oírlo. Me miraste con curiosidad gritando '¿qué?', pero mi excitación y atrevimiento habían decidido abandonarme y no fui capaz de repetírtelo. Un instante después nos unimos al gentío y disfrutamos del resto de la noche con nuestros amigos. Y bueno no tengo muy claro porque, pero hoy he decidido que quería volver a decirte lo que aquella noche solo me atreví a susurrar. - Me miraba inundada de curiosidad, con la nariz fruncida como siempre que algo no le encajaba.- Te quiero pequeña, te quiero muchísimo.
Ahora sí que tenía miedo de mirarla, porque la conocía muy bien y con solo ver sus ojos sabría lo que ella sentía. Me quede bloqueado, temiendo lo peor. De pronto ella me soltó la mano y ahí sentí que me ahogaba. Se acercó al bordillo y de un saltito subió al murete que frenaba el agua desbordante de la fuente. Se colocó frente a mí, logrando, desde las alturas, que por una vez ella fuese la que mirase desde arriba.
-Llevaba mucho tiempo esperando oír eso.
Y tras inclinarse sobre mí, nos besamos. Un beso con ganas, sabor a invierno y una pizca de chocolate.

miércoles, 5 de septiembre de 2012


Una fiesta, una estúpida e inoportuna canción y nosotros. Bueno quizás debería empezar por el principio, pero eso me llevaría demasiado tiempo, porque vivimos mucho, quizás más de lo necesario. Demasiados momentos secretos, demasiados susurros que han perdido sentido día a día, demasiada dosis de ti. Bueno ahí estaba yo, era una noche fría, pero por suerte la pasamos en un antro caliente. El humo flotaba en el ambiente y a cada paso que daba algún borracho se tambaleaba. Me acerqué a la barra, a pedir algo fuerte, para acercar mi alma al infierno dos pasos de más. Y entonces comenzó a sonar una canción, de esas que significan más de lo que crees, de las que van envueltas en un paquete de recuerdos. Sin quererlo te busqué a mí alrededor, pero como de sobra sabía, no estabas.
-¿Un mal día?
Preguntó un chico joven, guapo y excesivamente seguro de sí mismo. Sonreía, con aire burlón, derrochando carisma y dejando ver sus quizás 'factibles' trucos para ligar. El problema es que yo no estaba de humor como para seguirle el juego. Así que negué la cabeza, recogí mi vaso helado y me aleje dejando atrás a ese joven que poco tardaría en reemplazarme por otra chica, esta quizás más ingenua y a la vez más fácil de llevar a la cama. Decidí salir fuera, a respirar un poco aire fresco. El gorila de la entrada se hizo a un lado, no sin antes revisarme de los pies a la cabeza tras esas gafas tintadas, con las que desde mi punto de vista mucho no podría ver dada la oscuridad de la noche. Sinceramente odio a ese tipo de hombres babosos, pero quizás por suerte o por desgracia había llegado un momento en el que mi orgullo feminista me había abandonado. Las luces de neón inundaban la calle, contaminación lumínica o el encanto de las masas, me es indiferente. Me apoyé en un muro de la discoteca mientras observaba mí alrededor. Varios coches pasaron a cien por hora, en su interior; jóvenes gritando, chutados de todo menos de adrenalina. La verdad es que la noche no había cambiado, igual la que había cambiado era yo, que ya no me divertían las mismas cosas, que una fiesta con música a tope y alcohol no me consolaba. Y de pronto vi tu coche, o lo que es peor, a ti en su interior. Pasaste despacio, bajando la velocidad del vehículo según te acercabas. Por un momento los nervios me invadieron, como si volviese a mis años de alocada adolescente que suspiraba por ti. Y he de reconocer que me ilusionó pensar como detenías lentamente tu coche junto a mí, invitándome a subir, comportándote como ese caballero que nunca fuiste. Pasaste de largo, sin mirarme ni percatarte de mi existencia y aparcaste  frente a un local un poco más sofisticado. Y para mi sorpresa ibas acompañado, aunque quizás he de decir que tampoco me sorprendió mucho, pero quería creer que no habías levantado cabeza después de mí. Por si no era suficiente vi como la joven salía del coche, medidas perfectas y unos taconazos que me impedían averiguar cuál sería su verdadera altura, y también pude observar como la agarrabas de la cintura y como la dirigías a las puertas del local en el que me encontraba apoyada. Quise huir, pero no lo hice, como suelen decir cada momento y cada decisión te cambia la vida, y por si a mí no me la habías cambiado lo suficiente, decidí enfrentarme una vez más al destino, o mejor dicho, a nuestro destino.

Por favor, ámame.


Tú me dijiste que solo me pedirías una cosa más. Me dijiste que sería algo sencillo, que después de eso todo saldría rodado. Ilusa de mí que te creí. En esos momentos te quería tanto como tú a mí. Y la propuesta que me hiciste me parecía terriblemente fácil, me dijiste que te amase y que nuca dejase de hacerlo. En ese momento no sabía a qué me comprometía. El amor ciega y yo lo pude comprobar. Porque yo te pedí lo mismo, pero tú rompiste la promesa, mientras que yo, que soy demasiado honesta, nunca pude hacerlo.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Siempre me gustó observar las estrellas, desde muy pequeña. Tan perfectas, brillantes e inalcanzables. Siempre quise vivir algo bonito bajo ellas, bajo un manto de estrellas que me protegiese. Y también quise pedir un deseo, y que como en las películas, se cumpliese. Vale, quizás tan solo era una niña ilusa a la que le gustaba alimentarse de sueños, pero nunca he creído que eso sea algo malo. Y por fin hace unos veranos vi mi primera estrella fugaz, sinceramente ni la recuerdo, porque también he de decir que después de esa han venido otras tantas. Y bueno continuando con mi pequeña fantasía de niña pequeña pedí mi deseo, bueno mis dos deseos, y por ridículo o poco creíble que parezca uno de ellos se cumplió. Sí, increíble, pero lo hizo. Así que no he perdido la ilusión con mi segundo deseo, que quizás es imposible, pero como suelen decir, la esperanza es lo último que se pierde.



martes, 21 de agosto de 2012

Cuando decía que me encantabas, lo decía en serio.

Sé que siempre me has considerado una cría y no te culpo de ello, ya que nunca te he dado razones para que creyeras lo contrario. Igual me gustaba que me tratases como a una niña pequeña, no lo sé. Pero sé que me gustaba estar a tu lado. Por desgracia no tengo quejas para ti, y digo por desgracia porque si las tuviese aunque tan solo fuera para discutir, seguiríamos hablando y seguiría escuchando esa voz tan tuya, esa voz que tanto me gustaba. La verdad fuiste la perfección en persona, pudiste prometerme millones de cosas y todas las cumpliste, pero te falto prometerme un 'nunca te dejaré sola' y así aunque sea, podría echarte en cara no haberlo cumplido.
'Te odio' gritaste. No te quise creer, quizás porque entonces te quería demasiado, quizás porque no lo dijiste en serio. Pero hay una clara diferencia entre nosotros, yo seguí luchando; a diferencia de ti; aunque tú no lo supieses, aunque yo no quisiera hacerlo. A veces echo la vista atrás y pienso en las cosas que me gustaría cambiar, también sé que no sirve de nada, pero en esos segundos me veo envuelta en mi propia fantasía, donde yo decido el cómo, el cuándo y el por qué. Ahí dejo volar mi imaginación, que incluso piense en opciones imposibles. Puro morbo al fin y al cabo, ya que lo único que acabaría con mis fantasías ahora mismo, sería tu olor hecho mío.

lunes, 13 de agosto de 2012



Estaba esperando en el parque. Sinceramente no sé a qué, pero estaba esperando y me mantenía impaciente porque ya era parte de mí día a día. Decidí sentarme. Hacía bochorno, era pleno agosto. Entonces como por arte de magia, apareciste tú. Lo de encontrarte sin planearlo, después de estar demasiado tiempo buscándote sin ningún resultado, también estaba comenzando a convertirse en rutina. Y para no faltar a la costumbre ibas cuidadosamente descuidado, tan perfecto como siempre, con tus zapatillas medio rotas, tu sonrisa torcida y tu dichosa colonia. Sin pedir permiso, quizás porque sabías que no lo necesitabas o quizás porque si preguntabas te arriesgabas a un no, te sentaste a mi lado. Acto seguido me apartaste un mechón rebelde que al escapar de mi improvisada trenza había decidido cruzarse por mi frente. Como de costumbre, el simple contacto de tus dedos en mi piel me produjo escalofríos.
- ¿Me has echado de menos?
- Sabes que aunque quisiera nunca lo haría.
- Una pena. Bueno si te sirve de consuelo yo a ti sí.
- ¿Y eso me debería alegrar?
Te quedaste en silencio, pensativo. Y antes de pensar si quiera en responderme, te encendiste un cigarrillo.
Expulsaste el humo con exagerada lentitud mientras me mirabas atento.
- Sé que en el fondo me quieres. Y no hace falta que respondas.
En esos momentos no sé que me atraía más, si tu estúpida arrogancia o tus frases aduladoras.
Pero esta vez tenía que ser fuerte, tenía que mantenerme fría e indiferente.
- ¿Por qué has venido?
- ¿Qué pasa? ¿Ahora tampoco voy a poder ir al parque sin tener que darte explicaciones?
- Claro que puedes. Es más siempre lo has hecho y siempre lo seguirás haciendo. Lo de no darme explicaciones digo.
Te acercaste más a mí, divertido. Sé que esto te gustaba, sé que para ti era un juego. Pero también sé que era y soy tu juego preferido.
- ¿Puedo preguntarte algo?
- ¿No lo estás haciendo ya?
- De acuerdo. Después de todo el supuesto odio que me tienes, después de todo, ahora que eras 'feliz'... ¿por qué no te has quedado con ese chico rubio con el que has estado últimamente?
- Es simple. No me pidió que me quedase con él.
- ¿Y qué pasa si yo te digo que te quedes conmigo?
- Me lo pensaría, pero no lo has hecho.
- Lo hice el otro día.
- Ya son pocas las veces que me dices algo bonito y voy yo y ni me entero.
Me besaste. Con fuerza, con rabia, con pasión, con ganas de matarme a placer. Y después de destrozarme el peinado, te apartaste. Con tu sonrisa burlona. Podía haberme resistido, pero no lo hice, la verdad es que me dejé llevar por las ganas que te tenía. Pero, ¿sabes? Ese día estuve segura de que por mucho tiempo que pasase, tus labios seguirían sabiendo igual.