jueves, 21 de julio de 2016

Quiero descubrir el abismo de la nada,
quiero visitar el momento exacto en el que se pierde la vida y cómo esta se difumina con eso que llamamos muerte,
quiero asomarme a precipicios oscuros y salir ilesa,
quiero conocerlo todo y después,
aterrorizada,
volver a casa y querer con todo mi corazón.
Querer como medicina, como sanación.
Amar como único escudo contra el mundo.

domingo, 12 de junio de 2016

Prefacio de una extinción

Nuestra casa es ese país donde cada chiste despierta una furia nueva, una de esas que aún están por nombrar. También donde la broma pierde sentido y gana mal gusto.

El problema rompe cuando un asunto que tan solo aspira a rescatar sonrisas suspiradas, muecas jocosas, acaba enardeciendo al -que parecía- más inocente entre la multitud.
Así, los jóvenes con cabezas de ideales habrían esperado ver las calles llenas de gritos ante la injusticia, lo inapropiado o quizás en defensa de esos pequeños colectivos.
Pero no.
La bofetada continúa -solo acaba de empezar-, es el desdén con el que el ser humano trata a su hermano de especie, a toda la carne de su carne con la que no comparte sangre.
Destruirnos, ridiculizarnos, dejar de querernos, a nosotros y a nuestro mundo.

Cuando la vida deja de importar, cuando no existe respeto por nada ni por nadie. Cuando se mata, y más aún cuando ni siquiera el primero en levantar el arma sabe por qué estalló la guerra.
Cuando todo esto último pasa, la gente duerme.
No hay gritos en la calle.
No hay quejas.
No nos alcanzan los llantos de un bebé cuya familia apenas tiene con qué alimentarlo.
No oímos porque hemos olvidado cómo se escuchaba.
Me han pintado de acero el corazón y he llegado a creer que las desgracias ajenas no me pertenecen.
Casi no me he dado cuenta de que en mi propio país hay hambre, frío y miedo. Casi no era consciente de que no tengo que irme a la otra punta del mundo para visitar escenarios en los que se hayan violado los derechos humanos.
Hace unos 50 años posiblemente corría la sangre de mis antepasados por estas calles, o quizás ellos derramaban la sangre de los tuyos.
España no ha estado en guerra, ni siquiera lo ha estado el mundo. Somos nosotros. En guerra con vivir.

Nada más nacer,
el primer humano,
todos decidimos exterminarnos.

jueves, 31 de marzo de 2016

Hace unas noches de insomnio, soñé despierta.
Pensé en las palabras "te quiero". Qué gracioso, qué bonito y que paradójico. Diría gracioso pues provocan sonrisas o, si me apuras, risas. Bonito pues siempre va acompañado de algo tierno o romántico. Paradójico porque todo aquello que decimos con amor suele estar dirigido a la otra persona. Véase: "Duerme bien", "Disfruta del viaje". Son oraciones de imperativo, pretendemos obligar a alguien a algo, les brindamos un deseo positivo. En cambio te quiero implica una primera persona del singular, una entidad que dé forma a un sentimiento. Un corazón que lata por esas letras.
Es de esas pocas veces que al "desear" algo bueno al prójimo, estamos siendo tan egoístas como para dejar que nuestra acción lo domine todo. Yo quiero. Y lo mejor no es solo que esa acción sea propia sino que el objeto de nuestro querer recae en una persona, en ese tú al que dirigimos nuestras palabras de papel.
T e  q u i e r o
Me resulta gracioso. Básicamente me divierte porque haces tuya a la otra persona. La haces participe de un verbo que tan solo es tuyo. Decides que querer no tiene sentido si no es a esa persona. "Quererte"
Qué bonito suena en todas sus variantes. El resultado es siempre el mismo, fácil de analizar por la sintaxis: un sujeto loco de amor, dominado por un núcleo que corre desbocado hacia su objetivo directo.

jueves, 18 de febrero de 2016

Sin resurrección I

Tu corazón late con indiferencia, no hace nada por seguir vivo, pero sigue.
Se mantiene. Lo mantienes.
Él te habría abandonado hace años, cuando te concentraste en torturarlo. Destrozaste sus tripas, agotaste sus recursos. Ahora no sabe cómo se empieza de nuevo. No sabe reconstruir los mordiscos que permitiste que le dieran. Desgarros que tú observabas en silencio, sin saber a dónde te llevarían.
Hoy temes por él. No sabes cómo ayudarle.
Una tirita sujetará la carne, no regenerará sus vísceras.

Aprende a quererte otra vez, susurras.
Un ruego ahogado.
El hormigón de tu pecho no deja que él te oiga.